Cartas a los jóvenes educadores

14 noviembre 2019
En 2015, durante las ocupaciones de las escuelas públicas de São Paulo, realizadas por estudiantes de secundaria, el poeta, periodista y educador André Gravatá fue impactado por una pregunta de una de las jóvenes: “¿Qué me sugieres leer sobre educación?”. La respuesta a la pregunta, gestada durante cuatro años, se acaba de materializar en la publicación Cartas a los jóvenes educadores/as, inspirada en la obra Cartas a un joven poeta, del poeta Rainer Maria Rilke.
 
Organizado por Gravatá e ilustrado por la diseñadora Serena Labate, el libro reúne veinticinco cartas dirigidas a los jóvenes, escritas por educadores de distintas partes de Brasil, Argentina y Colombia. “Este libro surge de la necesidad de hacer que cada vez más jóvenes se involucren con el área de la educación, a través de voces que señalen significados, encantamientos, alientos. Es un libro que nació de la necesidad de acercar distintas perspectivas en diálogo, de afirmar: es el momento de crear más intimidad con Brasil y con nuestros vecinos latinoamericanos”, explica el periodista.

Y es bajo el signo del diálogo que iniciamos, con este post, la publicación semanal de las cartas.

Esperamos que los textos seleccionados inspiren nuevas perspectivas y formas de actuar en el mundo. La primera carta que compartimos fue escrita por Pilar Lacerda, directora de la Fundación SM. ¡Buena lectura!
Todootempo, por Serena Labate.

Por Pilar Lacerda

Querida educadora,

Me emocioné cuando me enteré de tu elección por el magisterio.
 
Me vinieron las memorias de cómo “me convertí” en maestra, casi por casualidad, sin saber muy bien lo que significaba. Era agosto de 1976 (ni siquiera habías nacido), yo tenía 20 años y estudiaba Historia. Estaba sin trabajo y acepté impartir algunas clases para reemplazar a una maestra embarazada. Era inmadura, mi formación en pedagogía ni siquiera había empezado, pero algo me convocó, me hizo aceptar la invitación.
 
Los estudiantes eran adolescentes que asistían a lo que entonces se llamaba “Secundario”, hoy Enseñanza Media (Bachillerato). Eran estudiantes de un barrio de clase media baja de la ciudad de Belo Horizonte, en Minas Gerais. Cuando terminó el año escolar, cuatro meses después, yo era madrina de todas las clases, estaba encantada con ese encuentro en el aula. Vivíamos en una dictadura militar, cuando los libros, las prácticas, la música, las manifestaciones, todo estaba vigilado, prohibido, era peligroso y sujeto a represión.
 
Pero lo que sentí y lo que me hizo optar por el magisterio, en ese segundo semestre de 1976, fue entender que ser docente era poder abrirles ventanas a esos jóvenes. Abrir muchas ventanas, infinitos paisajes, y que eligieran los que quisieran. Porque el conocimiento liberta, la cultura nos une y todo esto sucede dentro de la escuela.
 
Fui despedida de esa primera escuela en marzo de 1980, a raíz de las primeras huelgas de maestros (y de obreros de la construcción civil, metalúrgicos y conductores) después del golpe militar de 1964. Desde entonces, trabajé en escuelas privadas y, desde 1986, solo en escuelas públicas.
 
¿Y por qué les cuento todo esto? Porque después de 43 años siento lo acertada que fue esa elección profesional de ser educadora, que no se limita al aula, ya que fui docente, vicedirectora y conduje el centro de capacitación de la red municipal a la que pertenecía. Asimismo, fui secretaria de educación municipal y luego pasé al MEC, a coordinar la educación básica del país. Esta travesía fue formadora.
 
Empecé como profesora de contenidos, transmitivista, y me fui formando hasta llegar a ser la educadora que soy hoy.

Cuando le escribo esta carta a una joven que se está haciendo educadora, pienso en puntos importantes que contribuyeron con mi formación:

  1. Participar en grupos de estudio en la escuela donde trabajaba;
  2. Entender que la formación continua significa, principalmente, reflexionar sobre la práctica;
  3. Reconocer cuando tenía dificultades y contar con un grupo de compañeros que me apoyaban y no me juzgaban antes de saber sobre mis dificultades;
  4. Conocer a mis alumnos y alumnas, pero conocerlos de verdad: ¿dónde viven? ¿Con quién? ¿Quién los cuida? ¿Trabajan? ¿Trabajan en el hogar o fuera? ¿Cómo es el ambiente en la casa de cada uno?
  5. Entender las dificultades de nuestra profesión como inherentes a ella, es decir, el ruido, los conflictos, los llantos, las risas, todo eso forma parte del ambiente al que se enfrentarán las maestras y maestros. Cuanto más estudies, reflexiones y trabajes en grupo, más capacidad tendrás para comprender que todo esto forma parte de tu profesión, de tu ambiente de trabajo.
Estás eligiendo una profesión en la que tratarás con personas todo el tiempo, y necesitarás combinar tus conocimientos académicos con la delicadeza, el afecto y la curiosidad.
 
El oficio de maestra tiene un significado especial: asegurar que las nuevas generaciones conozcan, aprendan y den sentido a todo lo que hicieron las anteriores. Y será por este camino de aprender a ser, a saber y a saber hacer que los niños y adolescentes comprenderán el mundo y se entenderán en el mundo. Recorrerán este camino de sabiduría, comprensión, creatividad muy bien acompañados, ¡por ti!

Pilar Lacerda

Se graduó en Historia en la Universidad Federal de Minas Gerais. Actuó como profesora de historia, secretaria municipal de educación de la ciudad de Belo Horizonte, presidenta nacional de la Unión

Nacional de los Dirigentes Municipales de Educación (Undime) y secretaria de educación básica del Ministerio de Educación de 2007 a 2012. Actualmente es la directora de la Fundación SM Brasil

*Ilustraciones de Serena Labate.