La Declaración fue una respuesta colectiva a la catástrofe de la segunda guerra mundial y supuso un avance extraordinario. Cuando la opresión de las minorías étnicas y culturales en muchos países era una realidad y cuando existían profundas desigualdades en el mundo en el acceso a la educación, a la vivienda y a unas condiciones de vida dignas, la Declaración supuso una apuesta firme para avanzar en la libertad, la justicia y la igualdad de todos los ciudadanos del mundo. A pesar de este contexto nada respetuoso con varios de los derechos humanos contemplados en la Declaración, sus mandatos fueron aprobados sin ningún voto en contra. ¿Sería aprobada hoy de la misma manera? ¿Se mantendrían al menos todos los derechos en ella contemplados? Es tremendo pensar que pasados cincuenta años, la respuesta es cuando menos dudosa. Merece la pena reflexionar sobre ello.
En estos setenta años de vigencia de la Declaración, se ha mejorado mucho, pero queda aún mucho camino por recorrer. En este progreso, la educación ha tenido y sigue teniendo un papel fundamental: sensibilizar y comprometer a las nuevas generaciones en la importancia personal y colectiva de respetar y defender los derechos de todas las personas. Para lograrlo, es necesario crear una corriente de opinión mayoritaria que haga posible incorporar este objetivo en las políticas públicas, en los centros docentes y en las actividades educativas. Los seis puntos siguientes ofrecen otras tantas pistas para el trabajo educativo.
1. Conocimiento de los derechos de todos
Es preciso educar en el conocimiento de los derechos de todos, no solo de su formulación, sino también sobre cómo se están llevando a la práctica en el entorno en el que viven los alumnos y en otros países. Un conocimiento que ha de conducir a analizar las condiciones que facilitan su respeto y a debatir los dilemas a los que en ocasiones hay que enfrentarse.
2. No solo conocimiento también sensibilidad y empatía
Es necesario tener en cuenta que la defensa de los derechos humanos no procede solamente de su conocimiento, sino también de la sensibilidad y de la empatía hacia aquellas personas que todavía están lejos de disfrutarlos. Es preciso educar en estos sentimientos solidarios, pues en ellos se encuentra también el impulso hacia los comportamientos solidarios.
3. Traducción en la acción
La educación en los derechos humanos ha de tener también una traducción en la acción. Animada por el conocimiento y por conexión emocional, determinadas actividades han de ser la consecuencia visible de este compromiso. Pero además, el comportamiento altruista y solidario es también una experiencia que enriquece la vida de los alumnos, que les conecta con otras realidades diferentes a la propia, que les ayuda a comprender el mundo y a sentir que algo se puede hacer para mejorarlo.
En esta misma dirección se sitúa la perspectiva del Aprendizaje-servicio que se está abriendo camino en muchos proyectos educativos.