Neurotecnologías: ¿vienen a ayudarnos o a dominarnos?

Bajo este título, y en el marco del foro Telos, se celebró el pasado 9 de marzo una conversación entre dos grandes referentes de la neurociencia, Mariano Sigman y Álvaro Pascual-Leone, para debatir sobre el impacto de las neurotecnologías en nuestra identidad, nuestra autonomía y nuestros derechos más fundamentales.
La actividad eléctrica del cerebro humano en su conjunto fue detectada en 1924 por el neurólogo alemán Hans Berger, pero no disponía de herramientas adecuadas para tratar esas ondas, por lo que se quedó en lo más macroscópico, un ritmo de unos pocos ciclos por segundo que aparecía cuando el paciente cerraba los ojos y se relajaba, que llamó “ondas alfa”. No pudo profundizar más. Pero a lo largo del siglo xx, se han ido desarrollando técnicas como la electroencefalografía, la tomografía por emisión de positrones y la resonancia magnética funcional que permiten monitorizar la actividad cerebral en tiempo real. Cuando las señales obtenidas por estas y otras fuentes se tratan mediante algoritmos de inteligencia artificial, el potencial de comprensión del cerebro se multiplica y hace posibles desarrollos tecnológicos capaces de controlar o mejorar sus funciones. Es lo que llamamos neurotecnologías.
En el foro Telos, celebrado en Espacio Fundación Telefónica, tuvimos la oportunidad de asistir a un diálogo sobre las neurotecnologías entre dos referentes de este campo: Por un lado, Álvaro Pascual-Leone (Valencia, 1961), catedrático de Neurología en la Facultad de Medicina de Harvard, pionero en el uso de la estimulación magnética transcraneal y científico principal en el Instituto Hinda y Arthur Marcus para la Investigación del Envejecimiento. Por otro, Mariano Sigman (Buenos Aires, 1972), licenciado en Física por la Universidad de Buenos Aires y doctorado en Neurociencias en Nueva York, investigador del CONICET y director del programa de Toma de Decisiones en el Human Brain Project. La moderadora fue Laura G. de Rivera, periodista científica de The Conversation.
Las neurotecnologías son formas de perturbar el cerebro, planteó Mariano Sigman, y recordó una anécdota de su etapa de doctorando cuando visitó el laboratorio de Pascual-Leone en Boston y este le ofreció actuar como conejillo de indias en un experimento de estimulación magnética transcraneal. Decía Sigman que el experimento influyó en su corteza motora prefrontal, y bloqueó su capacidad de inhibición. Apuntó Pascual-Leone que este tipo de actuación también permite otras intervenciones médicas, como inhibir la depresión resistente al tratamiento médico.
Para Pascual-Leone la neurotecnología es, básicamente, un conjunto de métodos para leer, escribir y modificar la actividad del cerebro. Hay diversas técnicas que lo permiten: utilizar un campo magnético variable que induce corriente en las redes neuronales; focalizar sobre un punto concreto del cerebro corriente eléctrica, o luz, o ultrasonidos; manipular las aferencias que llegan al cerebro, como los ojos o los oídos; introducir sustancias químicas o, incluso, un virus selectivo para ciertas neuronas que lleva una sustancia sensible a la luz que modifica dichas neuronas; introducir modificaciones genéticas, o aplicar técnicas invasivas como los implantes cerebrales conectados con un ordenador (brain computer interfaces).
Sigman explicó que, en términos generales, las NT tienen que ver con la plasticidad cerebral, aunque los cambios pueden ser distintos para cada persona y se pueden inducir. Por ello, sostuvo que las redes sociales que son una neurotecnología, porque permiten intervenir en el cerebro. Estas redes generan un estímulo para el sistema de recompensa cerebral que activa nuestra motivación. Funcionan a través de la dopamina, que es la molécula que tiene que ver con ponernos en acción, pero la clave de su éxito es la recompensa intermitente, que guarda mucha relación con la incertidumbre. Por ejemplo, es lo que ocurre con una máquina tragaperras: hay algo que secuestra un circuito que hace que cuando hay mucha incertidumbre sea difícil dejarlo. Es decir, añadía Sigman, la incertidumbre es lo que te engancha con algo. Tik -tok, por ejemplo, ofrece cosas que te gustan mezcladas con otras que no, de forma que uno pierde el control volitivo y eso hace que sea difícil salir de ese proceso. En este sentido, las redes sociales son como una droga; tú eliges entrar, pero hay un punto en el que pierdes la libertad de elección, el control. No son redes inocuas.
Cerebros aumentados artificialmente
En un artículo de hace unos meses, el neurocirujano madrileño Rafael Yuste, profesor de la universidad de Columbia e impulsor de la iniciativa Brain, alertaba de la entrada en el mercado de compañías que venden dispositivos de estimulación transcraneal y de la incipiente aparición de aparatos de neurofeedback con el potencial de incrementar las capacidades mentales y cognitivas de los seres humanos. Sostenía Yuste que, si podemos cambiar la actividad cerebral, también podremos procesar información visual más rápidamente, o tener acceso mental inmediato a enormes bancos de datos o, incluso, modificar ciertos aspectos de nuestra personalidad. Aseguraba Yuste que, dadas nuestra sociedad y cultura tan competitivas, la aumentación mental y cognitiva con neurotecnología es solo cuestión de tiempo, por lo que instaba a anticiparnos para afrontar los grandes desafíos éticos y morales que conlleva.
En este sentido, Pascual-Leone manifestó su escepticismo frente a la posibilidad de aumentar el cerebro y, sobre todo, dudaba de que fuera algo ético. La razón de la dificultad es el coste cognitivo de cualquier tarea dual. Cuando esto ocurre se pone en marcha la reserva cognitiva que nos permite hacer varias cosas, pero bastante peor. Recordó que el cerebro es especialista en moverse entre dos aguas en un contexto de incertidumbre. Eso hace que si mejoras en un aspecto puede ser a costa de empeorar en otro. Por ejemplo, si mejoras mediante tecnología la fluidez hablada empeora la comprensión. Se trata, por tanto, de una dinámica de base cero en la que la mejora de una capacidad en algo acaba por debilitar otras cosas.
Según Pascual-Leone podemos estimular el cerebro para hacer más rápido el aprendizaje del piano, pero el beneficio solo dura un tiempo, y si se alarga el estímulo, existe una posibilidad de cambiar el cerebro de una forma que no se puede prever ni deshacer; por ejemplo, corremos el riesgo de que se produzca un cambio permanente del control de la mano. Aunque aceptáramos esta mejora mediante un consentimiento informado, la decisión no sería ética porque no sabemos predecir el cambio ni sabemos cómo deshacer ese cambio. En el caso de una enfermedad la situación sería muy distinta, porque la relación beneficio/riesgo es muy clara.
Por ello, el reto no es si las neurotecnologías leerán el cerebro, que lo harán, sino cómo usarlas de modo que generen beneficio y refuercen nuestra humanidad. Una clave para aprovechar sus beneficios es no rehuir el esfuerzo de cambiar el cerebro, porque en ello reside el placer del aprendizaje. Por ejemplo, hablar en japonés con la ayuda del móvil no genera el placer del aprendizaje porque no supone esfuerzo, que es fundamental en este resultado de motivación.
Sigman reforzó este aspecto recordando que McLuhan hablaba de tecnologías que nos extienden frente a otras que nos entumecen. Son tecnologías que nos reemplazan las que nos han hecho perder la capacidad de recordar teléfonos un listado de teléfonos, o la capacidad de atención -que hemos delegado en las plataformas-, o la capacidad de orientarnos, que hemos delegado en Waze o en Google Maps. Pero hay otras tecnologías que nos extienden sin reemplazarnos, y McLuhan citaba la bicicleta, que nos permite llegar más lejos pero no nos entumece.
Una buena brújula para ver cómo una como usas una tecnología si estás haciendo esfuerzo con su uso no. Por ejemplo, si pedimos algo a la IA y luego trabajamos en profundidad el texto para mejorarlo, eso no te entumece, sino que te extiende.
“La lectura es la neurotecnología más exitosa que conocemos”
Recordó Sigman que nuestro cerebro es indistinguible del de nuestros ancestros; no ha experimentado cambios genéticos significativos; lo que marca la diferencia es la aparición del texto escrito. La sociedad actual deriva de nuestra capacidad de escribir y transmitir nuestras ideas desde hace unos 3000 años.
El texto escrito es, sin duda, la neurotecnología que más nos ha extendido cognitivamente como especie humana. Y otro gran invento de mejora cognitiva es la educación pública; gracias a ella las personas mejoran su pensamiento y su capacidad crítica.
Pascual-Leone añadió que está seguro de que sí vamos a poder leer y escribir el cerebro; solo es cuestión de tiempo. La clave es si tenemos derecho a esa información, lo que él sostuvo que no; sería el fin de la privacidad y del libre albedrío.
Sigman apuntó que no sabe si hay o no libre albedrío, pero hay que vivir como si lo hubiera porque si no desaparecería el sentido de la responsabilidad. Por ello, insistió Pascual-Leone, la clave es definir la esencia del ser humano, esto es, aquello sagrado que no podemos tocar. Y recordó un mensaje de su mentor:
– Si cruzas el río es que has ido demasiado lejos.
– Pero, ¿dónde está el río?
– No lo sé; ese es el verdadero problema.


