Educar es cuidar: La ética del cuidado como horizonte pedagógico

En tiempos de exigencia, fragmentación y aceleración, la escuela vuelve a hacerse una pregunta esencial: ¿quién cuida a quién en el acto educativo? Más allá de metodologías y resultados, el cuidado emerge como un horizonte pedagógico que sostiene el aprendizaje, humaniza la convivencia y forma ciudadanos capaces de comprometerse con el mundo que comparten.
¿Dónde está el cuidado en la escuela?
Las escuelas contemporáneas enfrentan múltiples desafíos: responder a exigencias económicas y académicas -locales y globales- cada vez más altas; atender a la diversidad de sus estudiantes; y formar personas capaces de habitar un mundo complejo, interdependiente y profundamente fragmentado. En este escenario, el énfasis desmedido en los resultados y el rendimiento ha relegado una pregunta esencial: ¿quién cuida a quién en la escuela? Y, más aún, ¿dónde se cultiva la esperanza de un mundo mejor?
Más allá de los contenidos curriculares, la experiencia escolar es profundamente emocional y relacional. Aprender implica sentirse reconocido, acompañado y valorado. Nadie aprende de verdad si no se siente parte de una comunidad que lo acoge. En este sentido, el cuidado emerge no como un añadido a la tarea educativa, sino como un horizonte pedagógico capaz de reorientar la vida escolar.
Este artículo propone reflexionar sobre el cuidado como eje socioemocional que sostiene los procesos de enseñanza y aprendizaje, fortalece la formación social de los estudiantes y contribuye a la construcción de una ciudadanía global comprometida, desde la experiencia cotidiana de la escuela.
Una mirada ética del cuidado en educación
Desde una perspectiva centrada en el cuidado, la educación se comprende como una experiencia relacional. Este enfoque, desarrollado desde la reflexión ética y pedagógica, sitúa en el centro la responsabilidad mutua, la atención a la vulnerabilidad y la construcción de vínculos significativos en contextos concretos.
En el ámbito educativo, cuidar implica reconocer que la escuela es, ante todo, una comunidad humana. Significa estar atentos no solo a las necesidades de los estudiantes, sino también a las de sus maestros; considerar los contextos personales y sociales, y acompañar procesos de crecimiento personal y colectivo. No se trata únicamente de “educar emociones”, sino de educar desde el cuidado, entendiendo que toda práctica pedagógica tiene una dimensión ética que impacta directamente en la experiencia de aprender.
Esta mirada cuestiona modelos educativos centrados exclusivamente en la transmisión de saberes y propone una comprensión más integral de la formación, donde el vínculo, la escucha y la corresponsabilidad se convierten en pilares de la acción educativa. En una era en la que el conocimiento ya no se concentra en una sola persona, sino que circula en comunidades globales —digitales y presenciales—, se debilita la jerarquía tradicional del saber.
Esta transformación pone en tensión la relación entre estudiante y maestro. El aprendizaje ya no está mediado por una única fuente, sino por múltiples caminos, lenguajes y experiencias. En este nuevo escenario, el cuidado se vuelve clave para sostener la relación pedagógica, humanizar el aprendizaje y dar sentido a la experiencia educativa.
El cuidado como eje socioemocional del aprendizaje
La investigación educativa contemporánea y la experiencia escolar coinciden en señalar que el aprendizaje no ocurre en el vacío, sino en climas emocionales determinados. El vínculo pedagógico, la confianza y el sentido de pertenencia influyen directamente en la motivación, la participación y la disposición para aprender. El cerebro y los procesos de neurodesarrollo se construyen desde el nacimiento y continúan a lo largo de toda la vida, siempre en interacción con el entorno y las relaciones.
Durante mucho tiempo, la memoria fue considerada el principal indicador de aprendizaje efectivo. Hoy, la dimensión emocional muestra que la retención de información no es solo memorística: requiere pasar por el significado, el sentido y la utilidad que el conocimiento adquiere en relación con los proyectos de vida de los estudiantes y sus comunidades, especialmente de aquellos que viven situaciones de mayor vulnerabilidad.
Desde la formación de la dimensión social, el cuidado se expresa en prácticas concretas: acompañar procesos personales, generar espacios de diálogo, promover el respeto por la diferencia y la inclusión, y ofrecer oportunidades reales de participación, también desde la diversidad y la neurodiversidad. Estas acciones fortalecen habilidades socioemocionales como la empatía, la autorregulación y la cooperación, fundamentales para aprender con otros y de otros.
El cuidado devuelve al aprendizaje el piso humano que, en muchos casos, la racionalidad técnica o la tecnocracia habían despojado. Reconoce que no hay conocimiento significativo sin experiencia, emoción y relación, y abre nuevas posibilidades de enseñanza y aprendizaje desde criterios universales, flexibles y contextualizados.
Asimismo, una pedagogía del cuidado permite atender de manera más justa la diversidad multicultural presente en las aulas. Reconocer trayectorias, contextos familiares y realidades sociales distintas no responde a una lógica asistencialista, sino a una comprensión profunda del derecho universal a una educación significativa y humanizante. En síntesis, se trata de darle su lugar a la emoción en la escuela como categoría central del desarrollo integral de las personas a lo largo de la vida.
Cuidado, ciudadanía global y compromiso social
La ética del cuidado trasciende el ámbito individual y se proyecta hacia lo social. Cuidar de sí, del otro y de lo común constituye una base ética para la ciudadanía global, entendida como la capacidad de reconocerse parte de una comunidad humana interdependiente y asumir responsabilidades frente a los desafíos del mundo actual.
En una cultura marcada por el descarte, el cuidado se presenta como una revolución social del aprendizaje, capaz de humanizar y reconciliar a la persona con la comunidad humana. No solo impacta las dinámicas de pobreza económica o exclusión social, sino también las formas en que nos relacionamos, aprendemos y convivimos.
En este sentido, las experiencias de acción social escolar se convierten en mediaciones pedagógicas privilegiadas. A través de ellas, los estudiantes no solo conocen realidades distintas a las propias, sino que aprenden a implicarse emocional y éticamente con los demás. El cuidado se transforma así en una práctica educativa que articula sensibilidad social, reflexión crítica y acción comprometida.
Desde esta perspectiva, la escuela no forma únicamente estudiantes competentes, sino personas capaces de leer la realidad, conmoverse ante la injusticia y comprometerse con la construcción de sociedades más justas y solidarias, comenzando por su propio cuidado. No se trata de una guía metodológica ni de una plataforma educativa, sino del sentido profundo del conocimiento cuando tiene propósito en la vida de cada estudiante y de sus familias.
Implicaciones para la vocación y la práctica docente
Asumir el cuidado como eje educativo tiene implicaciones directas para la profesión docente. Cuidar no es solo una disposición personal: es una competencia profesional que requiere formación, reflexión y condiciones institucionales adecuadas.
Acompañar procesos, establecer límites, escuchar activamente y orientar forman parte de una práctica pedagógica consciente de su responsabilidad ética. Son educadores de la vida, que forman con exigencia académica y con radicalidad humana.
Al mismo tiempo, esta perspectiva invita a reflexionar sobre el cuidado de quienes educan. La sostenibilidad emocional del profesorado es un desafío urgente en contextos de sobrecarga, desgaste y pérdida de sentido. Una escuela que cuida también cuida a sus docentes, reconociendo su labor y promoviendo comunidades educativas más humanas y solidarias. Cuando el resultado es el burnout, la escuela también ha fallado en su misión humanizadora.
Desde una mirada pedagógica global, el cuidado se vincula con propuestas que buscan renovar el sentido de la educación y fortalecer el pacto educativo entre escuela, familia y sociedad. Pensar los futuros de la educación desde esta clave del cuidado implica apostar por modelos formativos que sitúen la dignidad humana en el centro, tal como lo propone el Pacto Educativo Global, en su llamado a una vida interior profunda y a la construcción de una paz que comienza en el corazón de las personas. Se requieren pactos locales y globales, que contribuyan a un cambio total de la escuela, una transformación integral en alianza con la familia, escuela y comunidad.
Horizonte: educar desde la esperanza
El cuidado como clave socioemocional ofrece a la escuela un horizonte transformador. No se trata de un cliché pedagógico ni de un enfoque complementario, sino de una manera de comprender el sentido de la educación como relación, responsabilidad y compromiso entre seres humanos.
En un mundo marcado por la incertidumbre y la fragmentación, educar desde esta clave es una apuesta por la esperanza: una formación integral y una ciudadanía global capaces de transformar la realidad. Educar desde el cuidado es el lenguaje humano que construye comunidad y fortalece la identidad de la persona como parte de la familia humana.
Repensar la escuela desde el cuidado implica revisar prácticas, discursos y prioridades desde una planificación consciente de todo el quehacer educativo. Implica, sobre todo, reconocer que estamos profundamente conectados y que las comunidades que cuidan son escenarios de posibilidad para aprender, convivir y transformar el mundo que compartimos.
La invitación queda abierta: construir escuelas que cuiden para educar personas capaces de cuidar, desde la esperanza.
Nelson Eduardo Otaya Rueda es licenciado en Teología y magíster en Estudios de Paz y Resolución de Conflictos, con formación en Ciencias de la Educación y neuroeducación. Cuenta con más de 8 años de experiencia en liderazgo educativo, cooperación internacional y gestión de redes. Actualmente es Director Nacional de Pastoral Educativa de la Confederación Nacional Católica de Educación (CONACED) de Colombia.
Natalia Vargas Otero es psicóloga, especialista en Familia y magíster en Educación, con 10 años de experiencia en acompañamiento psicológico y pedagógico en contextos educativos primarios y universitarios. Ha liderado programas de acción social, bienestar y formación integral, articulando educación, espiritualidad y trabajo comunitario. Actualmente es Coordinadora de Programas Sociales y Pastoral en la Escuela Católica en Colombia.
Referencias
- Francisco (2020, 15 de octubre). Videomensaje con ocasión del lanzamiento del Pacto Educativo Global. Disponible en este enlace.
- Gilligan, C. (1982). In a different voice: Psychological theory and women’s development. Harvard University Press.
- Organisation for Economic Co-operation and Development (OECD). (2018). Social and emotional skills for student success. OECD Publishing. https://doi.org/10.1787/9789264226159-en.
- Tronto, J. C. (1993). Moral boundaries: A political argument for an ethic of care. Routledge.
- UNESCO – Comisión Internacional sobre los Futuros de la Educaçión (2022). Reimaginar juntos nuestros futuros. Un nuevo contrato social para la educación. Madrid: Fundación SM. Disponible en este enlace.


