¿Sirve de algo bajar la ratio en las aulas?

Un controvertido informe de EsadeEcPol sobre el impacto de la bajada de ratios en la mejora de la calidad educativa cuestiona la eficacia de esta medida. La investigación invita a determinar si la reducción del tamaño de aula constituye el mejor uso del presupuesto, ante un escenario de presión fiscal creciente y caída de la natalidad, y concluye que hay otras intervenciones que ofrecen un impacto relativo mayor por euro invertido, como las tutorías intensivas, las políticas de profesorado y los programas de acompañamiento temprano.
La reducción de la relación alumnado/docente, lo que solemos llamar ratio, es una de las reivindicaciones clásicas del profesorado, los sindicatos docentes y las asociaciones de familias, pero también se trata de una medida con un enorme impacto económico, dado que el 75% del gasto educativo son salarios docentes y bajar ratios implica contratar más profesorado.
En España, este debate sobre las ratios ha pasado de lo puramente pedagógico a convertirse en una discusión sobre política educativa. El Gobierno aprobó en noviembre de 2025 un anteproyecto de ley que fija un máximo de 22 alumnos por aula en Primaria y 25 en ESO, con el alumnado con necesidades educativas especiales contando doble a efectos de cómputo, y en marzo de 2026, el Ministerio presentó la bajada de ratios como una medida que mejora la atención, la integración y el bienestar docente. Al mismo tiempo, varias comunidades gobernadas por el PP han pedido retrasar la reforma y reclamar más financiación para aplicarla, de modo que la medida ya ha salido del debate académico y está en el centro de una negociación política real.
En ese contexto, el informe de EsadeEcPol Clases más pequeñas: impactos limitados para inversiones elevadas, dirigido por José Montalbán Castilla, plantea unas conclusiones claras pero incómodas: el estudio encuentra que reducir el tamaño de las clases tiene efectos pequeños o nulos sobre el rendimiento académico, mientras que genera costes altos porque obliga a contratar más profesorado y disponer de más aulas.
La conclusión de este estudio sigue la misma línea que otros metaanálisis y revisiones sistemáticas. La revisión Campbell de 2018 sobre primaria y secundaria, basada en 127 estudios de 41 países, concluyó que la reducción de la ratio genera, como mucho, un efecto pequeño en lectura y ningún efecto significativo en matemáticas. Una síntesis divulgativa de Campbell/VIVE de 2022 repite prácticamente la misma idea: las clases pequeñas ayudan “un poco” a leer mejor, pero el efecto es pequeño, y en matemáticas aparece un efecto negativo muy pequeño y no significativo. Más recientemente, un trabajo metaanalítico de 2025 sobre publicación y especificación del modelo concluye que los efectos son, en general, poco relevantes, salvo en el experimento STAR y en clases muy pequeñas.
No obstante, el estudio reconoce algunos beneficios de la bajada de ratios: menos disrupción en el aula, mayor bienestar del profesorado, menos gasto de las familias en clases particulares y menos tiempo dedicado a ayudar con los deberes. También observa una mejora en la satisfacción de las familias y en el funcionamiento cotidiano de las aulas, aunque sin impacto apreciable en la satisfacción del alumnado ni en la repetición de curso. Es decir, la bajada de ratios parece más útil como política de clima escolar y alivio del trabajo docente que como palanca de mejora académica.
En todo caso, conviene conocer las limitaciones del estudio. La primera es por su alcance: los datos se refieren a la Comunidad de Madrid entre 2016 y 2019 y, por tanto, no se pueden extrapolar directamente a contextos con clases mucho más pequeñas o mucho más grandes. La segunda es histórica y pedagógica: el informe advierte de que sus resultados se obtienen en un sistema escolar muy parecido al tradicional, mientras que la difusión de nuevas tecnologías e innovaciones didácticas podría alterar la relación entre tamaño de clase y aprendizaje. La tercera es comparativa: aunque la base de datos utilizada es muy rica y con gran potencia estadística, no se puede asegurar que cualquier reducción de ratio, en cualquier contexto, vaya a ser irrelevante.
Metodología y resultados
Para responder con una base empírica sólida, se partió de la información proporcionada por la Comunidad Autónoma de Madrid en el periodo 2016-2019, tomando microdatos administrativos enlazados con encuestas censales a estudiantes, docentes, familias y directores de centro. Explica Montalbán que la estrategia de identificación aprovechó una metodología consolidada: los umbrales máximos de alumnos por aula (30 en España durante 2012-2019) generan una variación cuasi aleatoria en el tamaño de clase. Al superar el límite, el grupo se desdobla: un centro con 31 matriculaciones forma dos aulas de 15 y 16 alumnos, frente a otro que con 30 mantiene una sola. Esta discontinuidad permite estimar efectos causales sin sesgo de selección socioeconómica, y la riqueza de los datos disponibles junto con la potencia estadística utilizada, facilita un análisis integral de mecanismos.
El impacto del tamaño de clase se mide por lo que sucede dentro del aula (disrupción, instrucción individualizada y organización), así como por los resultados académicos y no académicos (rendimiento, repetición, bienestar).
Las conclusiones más relevantes se resumen a continuación:
- Las clases más pequeñas mejoran las dinámicas en el aula, pero de forma limitada. Reducir en 5 alumnos el tamaño resta 4 puntos porcentuales la probabilidad de que la disrupción sea un problema moderado o grave, un efecto concentrado en centros con mayor conflictividad. Asimismo, se incrementa en un 1 punto porcentual la probabilidad de revisar deberes y en 4 puntos la enseñanza en pequeños grupos. Pero estas prácticas ya son muy frecuentes (93% y 70%, respectivamente), por lo que el cambio pedagógico también es mínimo.
- Estas mejoras no se traducen en ganancias de aprendizaje. No se identifican efectos significativos sobre el rendimiento en pruebas estandarizadas, ni en el bienestar subjetivo del alumnado, ni en la repetición. Los tamaños del efecto observados son próximos a cero, en línea con la evidencia internacional.
- No se identifican «islas de impacto». No se generan subgrupos con beneficios sustanciales y estadísticamente significativos ni por nivel socioeconómico, ni por curso o materia, ni por características de centros o docentes, ni por la frecuencia de prácticas individualizadas.
- Se ha analizado si las familias modifican su comportamiento ante clases más reducidas, lo que podría enmascarar su potencial efecto positivo. Alumnos y familias relajan ligeramente su esfuerzo cuando las clases son más pequeñas, pero estos ajustes son demasiado modestos para explicar la ausencia de mejoras educativas: 8 minutos menos a la semana de tiempo promedio dedicado a los deberes; los padres se implican menos; y disminuye el uso de profesores particulares y academias (1 punto porcentual menos sobre una base del 14,5%).
- Los principales beneficiarios de las clases más pequeñas son los docentes y las familias. Reducir cinco alumnos por aula incrementa el bienestar docente en torno al 5% de una desviación estándar y mejora la satisfacción de las familias con la escuela en un 2,5% de una desviación estándar. Estos beneficios son reales y constituyen objetivos legítimos de la política educativa, lo que contribuye a explicar la alta demanda social de ratios más bajas.
- Los resultados deben interpretarse en el marco específico del estudio (tamaños de clase comprendidos entre 20 y 30 estudiantes). Por tanto, no es posible extrapolar directamente estas conclusiones a situaciones con clases mucho más pequeñas o mucho más numerosas. Esto no debería ser un problema en nuestra discusión pública, ya que en España el tamaño medio de la clase está mayoritariamente dentro de este rango y, por tanto, es relevante y extrapolable a este contexto.
Los resultados del estudio apuntan a que las bajadas de ratios solo serían justificables, en el mejor de los casos, si se aplican de forma focalizada en centros con alta disrupción o con necesidades específicas, pero siempre combinadas con otras prácticas que amplifiquen sus efectos.
Algunas objeciones
El profesor emérito de la Universidad de Murcia, Juan Manuel Escudero, plantea en un artículo reciente algunas objeciones al informe, bajo la tesis de que la ratio «no es el problema ni tampoco la solución». Escudero acepta que el número de alumnos por aula importa, pero solo como una pieza de un conjunto más amplio de factores: condiciones del profesorado, currículo, evaluación, inclusión, liderazgo, participación y vínculos con la comunidad. Por ello critica el sesgo economicista del informe y la tentación de convertir una sola variable en criterio de política educativa. Pero, a la vez, advierte contra una política que reduzca ratios sin tocar el resto del sistema, porque entonces se caería en el mismo reduccionismo que se reprocha al estudio. Escudero, por tanto, no niega valor a la medida, pero sí cuestiona su capacidad real para resolver por sí sola los problemas del sistema. Es decir, el tamaño de la clase no se puede pensar al margen de todo lo demás.
En una línea argumentativa más crítica, el catedrático emérito de la Universidad Complutense de Madrid, Mariano Fernández Enguita, sostiene que no es que bajar ratios sirva para poco, sino que se trata del «camino equivocado». Su argumento es que el problema no está solo en el tamaño del efecto de la ratio medido por la investigación, sino en el marco mental con el que se afronta: seguimos pensando la escuela en el modelo clásico de un profesor, un grupo y un aula, un esquema que considera propio del siglo XIX. Desde ahí, reducir alumnos por clase sería una inversión poco inteligente porque consume recursos que, a su juicio, estarían mejor empleados en codocencia, reorganización del trabajo docente, tecnología e inteligencia artificial. Es decir, Fernández Enguita lee los resultados del informe como una prueba de que la política educativa debe abandonar soluciones cosméticas como la reducción de la ratio y concentrarse en transformar el diseño mismo de la escuela.
En resumen, ¿sirve de algo bajar la ratio en las aulas?
Sin duda, el informe de EsadeEcPol ha servido para incorporar matices a un debate que suele simplificarse demasiado. Las aulas son entornos cada vez más diversos y complejos y, si pretendemos que nadie quede atrás, las medidas reduccionistas, como bajar ratios dejando todo lo demás igual, tendrán, probablemente, un impacto limitado.
Me permito recurrir, sin más valor que el anecdótico, a mi propia experiencia docente. En mis inicios como profesor me tocó atender, durante un par de cursos, unas clases de 2.º de BUP con más de 50 alumnos. El tamaño se debía a que, por razones organizativas, se había tenido que reagrupar en dos aulas al alumnado de 2.º de BUP que había optado por Física y Química. Aunque parezca una locura, el trabajo con esas clases fue más sencillo de lo que podría esperarse, gracias a que el alumnado era bastante homogéneo, tenía buenos hábitos de estudio y mucha motivación hacia el logro, de modo que las clases se autorregulaban, eran ordenadas y hasta nos pudimos permitir trabajar experimentalmente en grupos en los laboratorios al menos dos veces al mes. La pesadilla llegaba a la hora de corregir informes y pruebas, o de gestionar los boletines de evaluación y el papeleo burocrático.
La experiencia contraria la tuve en otro centro muy diferente, con clases reducidas pero muy heterogéneas, y un alumnado más vulnerable que demandaba una atención muy personalizada y continua. Aunque el número de alumnos en algunas clases no superaba la decena, el trabajo era muy exigente, y se hubiera necesitado un modelo de codocencia para atender adecuadamente unas necesidades tan diversas.
Es decir, el problema no está en el tamaño del aula, sino en su complejidad. Por ello tiene razón Escudero cuando dice que bajar ratios tendrá un efecto limitado si lo demás se deja igual, y también acierta Fernández Enguita al señalar que, en centros de alta complejidad, bajar ligeramente la ratio, aunque alivie, será mucho menos eficaz que tirar muros para permitir que varios docentes trabajen juntos con el alumnado en un espacio común.
Pero el estudio de EsadeEcPol, dentro de sus limitaciones, aporta nuevos datos y matices a un debate que suele simplificarse demasiado y, sin duda, ayudará a tomar decisiones mejor informadas por las evidencias.
Referencia
- José Montalbán Castilla (2026). Clases más pequeñas: impactos limitados para inversiones elevadas. EsadeEcPol – Center for Economic Policy. Disponible en este enlace.


