Leer es un pasatiempo… ¿o mucho más?

23 abril 2026
La comprensión de un texto largo implica un esfuerzo cognitivo considerable, y pone en marcha muchos de los procesos mentales que está desarrollando el cerebro de niños y adolescentes (img.: iStock).

El Día del Libro es una referencia importante para recordar que la lectura no solo es una excelente herramienta para el ocio, ni solo un instrumento idóneo para formar a una ciudadanía crítica, con pensamiento propio. Los autores de este artículo, publicado originalmente en The Conversation, nos recuerdan que, desde la perspectiva de la neurociencia, la lectura activa procesos cognitivos específicos, especialmente en cerebros en desarrollo, como los del alumnado.

Hay quienes disfrutan leyendo y quienes prefieren ver series o jugar a videojuegos. Pero ¿es realmente la lectura una alternativa de ocio como otra cualquiera, especialmente cuando pensamos en el ocio juvenil y adolescente? Desde la perspectiva de la neurociencia, la respuesta es clara: leer es mucho más.

No se trata solo de entretenimiento. La lectura destaca por activar procesos cognitivos específicos que, especialmente cuando el cerebro se está desarrollando, pueden marcar diferencias importantes en la edad adulta.

Leer: un reto para el cerebro en construcción

Una de las claves para entender la importancia de la lectura durante la adolescencia es que el cerebro aún está en pleno desarrollo. A lo largo de esta etapa se produce una intensa reorganización de las redes neuronales destinadas a fortalecer el razonamiento, la planificación y el control de la conducta. Una de las estructuras cerebrales clave en este proceso es la corteza prefrontal, una región asociada a las llamadas funciones ejecutivas, responsables de mantener la atención, inhibir las distracciones y controlar el procesamiento de la información. Algunas experiencias durante esta etapa pueden actuar como un catalizador del desarrollo cognitivo, favoreciendo la consolidación de estas capacidades.

Comprender un texto largo exige poner en marcha muchos de los procesos mentales que el cerebro adolescente está afinando: mantener la atención durante un tiempo prolongado, recordar información previa, establecer relaciones entre ideas, realizar predicciones, detectar inconsistencias y construir activamente el significado de la historia. Lejos de ser una actividad pasiva, la lectura implica un esfuerzo cognitivo considerable.

Precisamente por esta exigencia cognitiva, leer no siempre genera un enganche inmediato comparable al de otras actividades más pasivas. Muchas actividades de ocio digital ofrecen recompensas rápidas y cambios constantes de estímulo, mientras que la lectura exige un periodo inicial de concentración e implicación antes de que aparezca la recompensa narrativa.

Lograr el ‘flow’ en la lectura

Sin embargo, cuando la práctica lectora se consolida, ocurre algo interesante: leer empieza a fluir. A medida que se automatizan los procesos de decodificación de palabras, el acceso a su significado y la integración de información necesaria para comprender el texto, disminuye el esfuerzo cognitivo y aumenta la inmersión en la historia. La atención deja entonces de centrarse en descifrar frases y se dirige a la comprensión del mundo narrativo y de los personajes. Es en ese momento cuando aparece lo que muchos lectores describen como el placer de la lectura.

Cuando la lectura es una actividad frecuente, no solo aporta disfrute: también impulsa el desarrollo cognitivo. De hecho, su asociación con el progreso en la adolescencia es especialmente relevante, ya que supera incluso a factores como el nivel educativo de los padres.

Además somos más capaces de comprender los pensamientos y los estados emocionales ajenos y de entender y analizar nuestros propios procesos mentales, evaluar la información y distinguir, por ejemplo, entre argumentos sólidos y débiles. Nuestra capacidad crítica se fortalece, algo que nos protege ante bulos y desinformación.

No todas las formas de ocio activan estos procesos con la misma profundidad.

¿Vale leer cualquier cosa?

La ficción literaria, como las novelas u otros relatos con personajes poco predecibles y situaciones ambiguas, favorece especialmente la comprensión de los estados mentales y emocionales de los demás, al implicar al lector en mundos sociales complejos. Otros textos informativos o de divulgación contribuyen más al desarrollo del razonamiento.

Lo ideal es leer lo que a uno más le guste, aunque cuanta mayor sea la variedad y calidad de los textos, más habilidades diferentes estaremos desarrollando.

Qué hacer si no nos gusta leer

Aun así, la lectura no es algo que resulte igual de apetecible o atractivo a todo el mundo. La investigación en psicología sugiere que, en actividades exigentes, la práctica temprana y frecuente puede ser clave para que termine siendo gratificante. La lectura no es una excepción. Si hemos tenido contacto con la lectura a edades tempranas, es probable que experimentemos sentimientos positivos hacia los libros, mientras que si las experiencias tempranas han sido negativas (hemos leído por obligación cosas que no nos interesaban, o hemos sufrido y nos hemos aburrido leyendo) nuestra motivación será mucho menor.

Por eso es tan importante que en los centros educativos, en las aulas y en los hogares tengamos acceso a todo tipo de libros y podamos elegir qué leer, compartir momentos de lectura o encontrar historias que conecten con nuestros intereses y preocupaciones.

Para quienes sienten que “leer no es lo suyo”, es importante tener en cuenta que la dificultad inicial no indica falta de capacidad, sino que forma parte del proceso. Con la experiencia, la comprensión se vuelve más ágil y la lectura menos exigente, por lo que conviene no abandonar antes de que empiece a resultar atractiva. De hecho, incluso quienes presentan más dificultades lectoras pueden beneficiarse de la lectura.

¿Y si no leemos, no pasa nada?

En última instancia, las trayectorias lectoras, como las propias trayectorias vitales, son diversas, y las habilidades pueden desarrollarse de múltiples formas con el tiempo. Pero no conviene perder de vista lo que está en juego.

Especialmente en la adolescencia, leer no es solo una práctica cultural necesaria, sino también una forma de ejercitar la atención, la imaginación, el razonamiento y el pensamiento complejo en una etapa en la que el cerebro está en plena construcción.

Si no leemos, no solo perdemos un pasatiempo: renunciamos también a una poderosa herramienta para el desarrollo cognitivo y para una formación cultural, crítica y ciudadana plenas.The Conversation


Lucía B. Palmero Jara, Profesora Ayudante Doctora de Psicología Básica, Universitat de València.

Eva M.ª Rosa Martínez, Profesora Titular del Departamento de Psicología Básica de la Universitat de València.

Javier Roca, Catedrático de Universidad en el área de Psicología Evolutiva y de la Educación, Universitat de València.

Marina Pi-Ruano, Profesora ayudante doctor en Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación, Universitat de València.

Pilar Tejero Gimeno, Profesora de Percepción y Atención, y de Psicología de la Memoria, Universitat de València.


Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.