La educación que se apoya en el aprecio por la diversidad ofrece una oportunidad de aprendizaje e intercambio muy enriquecedores (img.: iStock).
No me interesa la diversidad en sí misma. Lo importante es construir, a partir de esa diversidad, núcleos comunes, ser capaces de acceder a algo que podamos llamar un nosotros compartido. Y lo cierto es que con las problemáticas identitarias actuales hemos asistido a una regresión histórica. Esta clase de discursos se limitan a defender la propia especificidad prescindiendo de los discursos emancipadores que conocimos en el siglo XX. Lo que les interesa es el origen, pero eso no es más que mirar atrás, no se puede construir un porvenir así. La pregunta, pues, tiene que ser, cómo proyectar un mundo juntos más allá de lo que nos diferencia. No es por casualidad que este retorno de las identidades culturales se corresponda con la desaparición de las identidades sociales. Ya no hablamos de los trabajadores o de los burgueses, los políticos ya no utilizan esas palabras. La desaparición del discurso social crítico es una de las grandes novedades de los últimos treinta años. Ahora prefieren preguntarte quién eres y de dónde vienes, como si la pertenencia comunitaria pudiera ser el resorte explicativo de tu comportamiento. Y no es así. ¿Qué diferencia hay entre alguien que viene de un país hispano y un francés del norte a la hora de querer una vida mejor?
(Sami Naïr, politólogo especializado en el estudio de los movimientos migratorios).
De la identidad al diálogo intercultural
La diversidad cultural como oportunidad para cocrear
La mezcla cultural ya no se vive solo como un reto de convivencia respetuosa, sino también como el contexto propicio para generar una ciudadanía abierta al mundo, basada en valores universales que nos son comunes a todos, con el fin de conseguir juntos los siguientes propósitos: