Profesores robots… ¿Por qué no? 

29 mayo 2026
La misión de la educación no es solo generar conocimiento; es lograr el máximo desarrollo máximo integral de la persona, en todas las dimensiones que la conforman (img.: iStock).

En este artículo, inspirado en la conferencia de graduación del alumnado de 2.º de Bachillerato del Colegio San José, en Estepona (Málaga), el autor reflexiona sobre lo que, en la educación, nunca podrá estar al alcance de un robot. Porque, como explica, los docentes no nos dan solo información, sino conocimiento y valores; no comparten algoritmos, sino sentimientos y, sobre todo, porque nos ofrecen la esencia de la educación, esto es, lo que significa ser humanos. 

Como bien nos recuerdan Arsuaga y Martínez en su magistral obra “La especie elegida” [1], desde los albores de la humanidad, querer controlar (e incluso dominar) la naturaleza ha formado parte esencial de nuestro ser antropológico. Hay evidencias de un cierto control del fuego, dominio vedado a cualquier otro ser vivo, por parte del Homo Erectus, hace ya más de un millón de años. Pero la técnica nos ha acompañado incluso antes. Cuando aparecen los primeros “Homo” como el “Homo Habilis”, hace aproximadamente dos millones y medio de años, lo que caracteriza esta “nueva” especie de mamíferos es su capacidad para emplear utensilios que proceden de la alteración de productos de la naturaleza para propósitos específicos. Es lo que denominamos artefactos, del latín “arte” -esto es, habilidad, técnica-, y “facto” -que significa hecho, construido, modificado-. Son herramientas simples en origen, pero enormemente efectivas para diferenciarse de los otros seres vivos, para dominarlos; e incluso para obtener una posición de supremacía y dominación ante otros seres de nuestra misma especie. La tecnología es ya, sin ninguna duda, una parte constitutiva del Homo Sapiens, hace unos 300 000 años. 

Es dominio también exclusivo del humano un lenguaje de la complejidad del nuestro; sobre todo cuando aparece la escritura, hace unos 5 000 años, que representa sonidos con símbolos gráficos que permiten ser reproducidos por otro ser humano. También de finales del neolítico es la rueda, que supuso, más allá de un avance radical en la movilidad de los humanos y en el transporte de mercancías, un soporte instrumental para el desarrollo de numerosos artefactos posteriores. 

La carencia natural del hombre para sobrevivir en el adverso mundo natural ya la expresó muy bien David Sacristán en su artículo “El hombre como ser inacabado” [2], basado en la obra de Gehlen “El hombre y su naturaleza: su lugar en el mundo” [3]. El humano es el menos especializado de los seres vivos; es el que nace más desvalido; el que más tiempo necesita del apoyo familiar para sobrevivir; el que no tiene mucho pelo que le proteja del frío; ni tiene órganos específicos de ataque (como garras o colmillos afilados); ni está morfológicamente preparado para correr lo suficiente como para huir de sus depredadores; ni tiene una vista, un oído o un olfato suficientemente desarrollados como para advertirle de peligros complejos. Es, en palabras de Gehlen: “un ser carencial, un animal defectuoso y desprovisto de manera natural de los medios para la supervivencia”. 

Pero justo esa carencia se ve superada por su capacidad de crear herramientas, de generar artefactos. Y los crea debido a que tiene algo que no tienen otros seres vivos: su logos, que significa, al mismo tiempo, pensamientopalabra y razón, la lógica racional que Aristóteles consagra definitivamente. Lo que nos hace ser “la especie elegida”, como la llaman Arsuaga y Martínez, es ese logos tan nuestro: nuestra inteligencia, que se materializa en la posibilidad, con unas manos muy especiales, de transformar el entorno natural que nos es dado; que se materializa, nada menos, que en la creatividad. Esa inteligencia también nos hace libres; nos da la capacidad de discernir, de estimar, en palabras de Ortega y Gasset, los hechos desde valores y principios que nos los ubican en lo deseable o lo rechazable [4]. Y solo desde esa libertad nos llega la responsabilidad ante las decisiones; nos llega la moral. Y con la libertad y la moral aparece en los seres humanos una socialización complejísima, y una emocionalidad llena de sentimientos, con matices infinitos… El ser humano se hace, así, especial: tiene “alma”. 

La tecnología nunca ha sido vista de forma completamente positiva; siempre tuvo impulsores y detractores

Pero ni el fuego ni la escritura, los primeros elementos técnicos de mayor relevancia como distintivos de lo humano, tuvieron siempre una acogida amable. Nunca la tecnología ha sido vista de forma completamente positiva; tuvo siempre impulsores y detractores. Marcos Alonso presenta una clarividente mirada sobre esa cuestión en su obra “Platón contra las máquinas” [5]. Desde el mito griego de Prometeo, que ante la indefensión humana roba a Zeus el fuego, símbolo de la técnica, para salvar a la humanidad de su incapacidad consustancial, sabemos que quien se atreve a ir “más allá” de lo natural puede no acabar bien del todo.  

El cristianismo, más tarde, retoma la misma idea cuando se relata en el Génesis que: “la mujer se dio cuenta de lo hermoso que era el árbol (…) y lo tentador que era tener aquel conocimiento” [6]. Comer de lo que Baroja [7] primero y Unamuno [8] después (nuestros genios del 98) denominaron “El árbol de la ciencia” se cobró un altísimo precio: la expulsión del paraíso. 

La técnica nos presenta, siempre, la oportunidad de ayudarnos y la amenaza de destruirnos

La técnica nos presenta siempre, pues, esa dualidad: la oportunidad de ayudarnos y la amenaza de destruirnos. Platón ve incluso esa amenaza ya desde la técnica de la escritura. Dirá en su diálogo “Fedro”: “Este invento, oh rey, producirá olvido en las almas de quienes lo aprendan, porque dejarán de ejercitar la memoria; fiándose de la escritura, llegarán al recuerdo desde fuera, por signos extraños, y no desde dentro, por sí mismos” [9]. Siguiendo con la obra de Marcos Alonso “Platón contra las máquinas” esa crítica platónica a la Techné griega se reinterpreta hoy cuando la desconfianza hacia la tecnología viene de su posibilidad de sustituir facultades humanas. Pero la rueda no nos ha hecho más incapaces para andar bípedos; nos ha dado la posibilidad de viajar más lejos, más rápido con menos esfuerzo. 

En el contexto actual, la tecnología más avanzada es la inteligencia artificial (IA) y las críticas sobre ella se centran, como hace 5000 años con la escritura, en el riesgo de que pueda robarnos la memoria, reducir nuestra capacidad de redactar, de argumentar; o incluso, eliminar nuestra posibilidad de pensar, nuestra facultad más distintiva. 

No cabe duda de que la técnica, todo nuevo artefacto, ha acompañado siempre nuestro progreso, pero ha supuesto siempre un riesgo. La imprenta de Johannes Guttemberg, hacia 1450 en Maguncia, supuso la posibilidad de universalizar la cultura, aún con el riesgo de que ese “invento del demonio” (según algunos) acercara peligrosamente conocimientos prohibidos a quienes no estaban preparado para recibirlos. 

Ya en el siglo XX otra nueva tecnología, la energía atómica, presenta un poder de destrucción total sobre nosotros y nuestro planeta. Y también una cara salvífica para todo el que, enfermo de cáncer, sabe que la radioterapia puede ayudarle. 

En el siglo XXI la expansión de la telefonía móvil permite acercarnos, incluso con su imagen en tiempo real, a ese familiar que tenemos lejos y echamos de menos en fechas señaladas. Pero el mismo artefacto permite casos de acoso a menores, genera difamaciones masivas, provoca el aislamiento crónico de muchos adolescentes y jóvenes, o el acceso a contenidos completamente deformantes para un desarrollo psicoafectivo y sexual constructivo.

Es obvio que la técnica no es el problema. Ningún artefacto es un problema en sí mismo. El problema viene del uso (más bien del mal uso, o del abuso) que hacemos los humanos de esa técnica, de los artefactos que nos proporciona, que no son más que derivaciones de nosotros mismos, productos creados por nosotros y, no se nos olvide, para nosotros. 

Tal vez solo el alma, exclusividad antropológica humana, nos permitirá encontrar el equilibrio que supere el miedo a la tecnología y lo convierta en prudencia, para llevarnos a emplearla en la mejora colectiva de nuestras vidas. 

Como dijimos, la IA representa el máximo nivel tecnológico de la especie. Es un asunto de tanto calado que hasta el propio papa León XIV le ha dedicado su primera encíclica, con el tema central de los dilemas que esta nueva tecnología presenta para los humanos en general y para los cristianos en particular. 

Pero aún más lejos que la propia IA llega su inclusión en posibles robots que alumbran una nueva estirpe de máquinas con la que debemos convivir: los humanoides. Algunos de los planteamientos de los libros de ciencia ficción, como los escritos por Isaac Asimov [10] o Arthur C. Clarke [11] en los años 50 y 60 del siglo pasado, se han hecho realidad. La obra que mejor refleja las posibilidades y los riesgos de la convivencia entre robots y humanos es para mí el libro de Brian Aldiss de 1969 titulado “Supertoys Last All Summer Long”, que maravillosamente llevó Steven Spilberg a la pantalla en 2001 bajo el título, precisamente, de “A.I. Inteligencia artificial”. 

Pero ya hay humanoides haciendo muchas tareas por todo el mundo. El 14 de mayo pasado, una noticia de prensa llevaba por títuloYa ha empezado: los robots humanoides trabajan turnos de 8 horas en fábricasEl artículo mostraba que “los robots humanoides han dejado de ser meras promesas de feria tecnológica para convertirse en operarios reales” y anunciaba que en Estados Unidos se fabrica un robot humanoide cada hora para trabajar en las fábricas. 

La sustitución de determinadas tareas por estos humanoides es cuestión de tiempo. Cajeros, suministradores de gasolina, recepcionistas, camareros, limpiadores, empaquetadores… Y, en este contexto, hay quien se pregunta: “Y profesores robots, ¿por qué no? 

En países como Argentina, Estados Unidos o China, pero también en España, ya se empiezan a poner en marcha experimentos piloto con profesores robots. La profesora Ilona Buchem investiga esa cuestión en la Facultad de Economía y Ciencias Sociales de la Universidad Beuth de Ciencias Aplicadas de Berlín (Alemania). Podemos encontrar muchas justificaciones: probablemente los profesores humanoides sean más fiables dando respuestas por la capacidad de información que pueden almacenar; probablemente sean mejores poniendo ejemplos, ya que su almacén de memoria permite acumular más número de casos y adaptarlos mejor a las necesidades del contexto; probablemente nunca pierdan el tono amable, no se enfaden nunca y, probablemente, nunca, nunca, se equivoquen al sumar los puntos en un examen tipo test. 

Pero ellos no son humanos. Ellos no tienen alma. Ellos tienen mucha información, pero carecen del conocimiento. Porque el conocimiento solo lo es cuando se produce la integración de la información en una estructura de pensamiento previamente organizada, humana, asimilada desde la experiencia de un humano concreto; y no hay dos humanos iguales. Una palabra en chino solo es mera información (pero no conocimiento) para un español que no sepa chino. Sin embargo, una palabra en chino para un chino está cargada no solo de lo que representa lingüísticamente, sino de lo que significa para él en el interior de su entramado vital. Hogar, familia, matrimonio, amistad, miedo, dolor, fútbol, padre, mascota, playa o verdura, no significan exactamente lo mismo para humanos diferentes. No evocan ni la misma imagen ni los mismos sentimientos entre distintas personas. 

Además, la misión de la educación no es solo generar conocimiento. La misión de la educación, a tenor de una inmensa mayoría de grandes pensadores de la historia (Aristóteles, Luis Vives, Rosseau, Montessori, Sto. Tomás, Tomás Moro, Kant, Heidegger…) es el desarrollo máximo integral de la persona. En efecto: integral; esto es, en todos los aspectos de lo humano; en todos.

La educación es un proceso humano, y debe ser ejercida por humanos

La educación es también, pues, introducir al ser individual en el sentido colectivo de la humanidad, en la conciencia de ser una misma especie. La educación forma, pero también socializa. El elemento socializador de la educación (así lo planteó Dewey [12]) o su dimensión ética y moral (para Scheler [13]) es, si no más, al menos tan fundamental como el elemento de capacitación instrumental (laboral) o de construcción intelectual. Por eso la educación es un proceso humano, de humanos, para humanos y entre humanos. Por eso debe ser ejercida por humanos: 

  • Los robots no tienen interacción social; no pueden educar en la socialización. 
  • Los robots no sienten; no pueden enseñar a gestionar emociones. 
  • Los robots no empatizan; no pueden saber cómo nos sentimos. 
  • Los robots no tienen amigos; no pueden decirnos qué es la amistad ni acompañarnos en el duelo de una decepción. 
  • Los robots no aman; no pueden hablarnos del amor. 
  • Los robots no tienen valores ni principios; no disciernen entre hechos estimables o rechazables; no son, pues, libres; no saben qué es la responsabilidad, no sienten culpa, no se arrepienten; no pueden educarnos en la moral, no pueden enseñarnos a ser mejores personas. 
  • Los robots no se preocupan por su futuro; no nos pueden ofrecer orientación personal, ni laboral. 
  • Los robots no saben qué es la vocación; no pueden orientar sobre horizontes de carrera. 
  • Los robots no crean, no se salen de un guion establecido por algoritmos, no improvisan; no pueden potenciar nuestra creatividad. 
  • Los robots, en fin, no tienen alma. Los robots no pueden educar, porque no hay educación si no se educa desde el alma. 
No hay educación si no se educa desde el alma

Por eso, la educación verdadera no es la de los robots. No lo será nunca. La educación verdadera es la de los profesores como los que hemos tenido. Esos son los profesores que queremos. Profesores humanos, profesores con alma; mejores o peores, pero con alma humana. Quizá limitados en su información, sí, pero también maestros de vida, ejemplos, modelos. Profesores humanos para bien y para mal. Profesores que fallan, que cometen errores, que suben o bajan medio punto equivocadamente, que regañan a destiempo, que pierden el control en clase alguna vez, que no son perfectos. Pero que son humanos, que tienen alma. 

Profesores capaces de discernir cuándo no deben preguntar algo a alguien porque saben que su cabeza ese día solo está para lo que pasó ayer en su casa; capaces de gestionar las emociones en un conflicto entre amigos; profesores que nos hablan de la célula, pero, porque han estado enfermos, nos transmiten la importancia de la salud; profesores que nos explican los aparatos reproductores, pero, porque han amado y han sido amados, nos trasladan la importancia de tener relaciones psicoafectivas plenas; profesores que no solo nos enseñan el ciclo del agua, los tipos de volcanes o la diversidad de los seres vivos, sino la importancia de cuidar el planeta porque son conscientes de que si no lo hacemos el mundo que dejaremos a sus hijos no será viable; profesores que no solo nos enseñan autores de filosofía, sino que nos enseñan a pensar y a crear y a tener ideas propias, algo que los robots no tienen ni la más remota posibilidad de hacer; profesores que cuando nos hablan de Atenas ponen en valor la democracia porque saben la importancia de diálogo y el debate como herramienta de convivencia, o que cuando hablan de la II Guerra Mundial valoran la importancia de la dignidad igual entre todos los seres humanos, aunque sean de otra religión, de otra etnia o de otras ideas políticas; profesores que nos hablan de literatura, de música, de arte, pero que nos contagian la pasión por recrearnos ante la expresión de los sentimientos de otro y nos convencen de que lo mejor del arte es que yo puedo expresar lo que siento de mil formas, con cientos de sonidos e infinitos colores para llegar al alma de otros seres humanos… Nunca podré acercarme al alma de un robot. Pero, eso sí, esos profesores pueden acompañarse de robots.

No hay que demonizar a los robots en el aula, pero hay que consagrar el papel del profesorado

En ese equilibrio del que hablábamos antes, un robot puede ayudar a obtener información, a organizar ideas, a presentar argumentos, a poner ejemplos. No hay, pues, que demonizar a los robots en el aula, pero hay que consagrar el papel de los profesores. Hay que reforzar su misión, su prestigio, su inestimable labor para proseguir la maravillosa tarea que la sociedad les encomienda: que la humanidad siga transmitiendo de generación en generación cuál es el verdadero sentido de nuestra existencia. Por eso, sus enseñanzas, humanas, nos acompañarán siempre. Porque no nos dieron solo información, sino conocimiento y valores. Porque no compartieron algoritmos, sino sentimientos. Porque nos han regalado lo mejor que tenían, la esencia de la educación: os han transmitido lo que significa ser humanos. 


Javier M. Valle es profesor titular de Política Educativa de la Unión Europea y Coordinador del Grupo de Investigación sobre Políticas Educativas Supranacionales en la Universidad Autónoma de Madrid (UAM). 

 

Referencias 

  1. Arsuaga, J. L.,; Martínez, I. (1998). La especie elegida: La larga marcha de la evolución humana. Madrid: Temas de Hoy. 
  2. Sacristán, D. (1982). El hombre como ser Inacabado. Revista española de Pedagogía, n.º 158. 
  3. Gehlen, A. (1980). El hombre: su naturaleza y su lugar en el mundo. Salamanca: Sígueme. 
  4. Ortega y Gasset, J. Introducción a una estimativa. ¿Qué son los valores? Revista de Occidente. 
  5. Alonso, M. (2026). Platón contra las máquinas. Madrid: Alianza editorial. 
  6. Génesis, 3: 6.
  7. Baroja, P. (2011). El árbol de la ciencia. Cátedra. El original es de 1911. 
  8. Unamuno, M. de (1913). Del sentimiento trágico de la vida. Salamanca: Renacimiento. 
  9. Platón (2010). Fedro. Madrid: Alianza. El original es del siglo V a.C. 
  10. Asimov, I. (1950). Yo Robot. Madrid: Edhasa. 
  11. Clarke, A.C. (2003). 2001: Una odisea espacial. Madrid: Debolsillo editorial. El original es de 1968. 
  12. Dewey, J. (1998). Democracia y educación. Una introducción a La filosofía de la educación. Madrid: Morata (3º ed.). El original es de 1919. 
  13. Scheler, M. (2001). El puesto del hombre en el cosmos. Madrid: Guillermo Escobar. El original es de 1928.